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Ho Chi Ming




          La noche en la peatonal se volvía bellamente intransitable, había descendido de un aterrizaje en el aeropuerto Tan Son Nhat, fue un vuelo muy largo, me dirigía a un hotel en la zona céntrica de la ciudad, el edificio es angosto y alto en la peatonal Nguyen Thue, estaba en mi destino y casi al destino de la buena fe, había ido solo, no conocía nada, el recepcionista anciano con barba puntiaguda, se despreocupo por mi ignorancia, más adelante advertí que era de mala educación no quitarse los zapatos al entrar a una vivienda, afuera los vendedores se encimaban, el olor a fritura en el ambiente, los bares pegados uno al lado del otro, las calles alocadas con motocicletas a bocinasos, en ellas personas con barbijos, eran enjambres de cascos de colores que esquivabas al cruzar las calles. El calor y la humedad, te sofocaba el simple hecho de caminar entre puestos ambulantes en las veredas, entre esos edificios y barrios celosos de espacio, las sonrisas de los rostros de los vietnamitas y la de los turistas, eso pasaba en una noche en Enero, por las peatonales céntricas de Ho Chi Ming.

          Por la mañana la vieja Saigon se alejaba de mi, ya estaba en la ruta, había entrado en su clima y me   llendo a otro lugar, como si no me quisiera enamorar del paisaje, ahora quería otro distinto, sin que me desagrade el anterior. Ahora veía la carretera, barrenderos con hojas de palmeras juntando la basura a las orillas, mujeres en obras de construcciones a la par de los hombres en el trabajo físico, banderas con la estrella amarilla en el medio y otras con el martillo superpuesto a una hoz color amarillo sobre un fondo rojo, que estaban en todos los canteros de las grandes avenidas.

          Me alejaba de lo que había conocido, del museo Bao Tang Thanh Pho sobre la calle Ly Tu Rong en el distrito 1, un lugar completo de espectros fotográficos de, la ya vieja y olvidada guerra, sus fotografías yacen impresionables, sucumbimos antes ellas, pero ya nadie recrimina, han perdonado, a mi entender, no solo a aquella de las películas de Hollywood que conocemos sino también las de su independencia.

          Otra de las cosas que dejaron una parte de mí adentro son esas docenas de Pagodas que visité, aquellas obras construidas como altas catedrales, lugares de culto budista y también llevan un crisol de creencias y religión como Hoa Hao, Cao Dai, el Taoísmo y minorías protestantes, pero estas son sus estructuras imponentes, con diseños tan particulares, cubiertas por dragones muertos de piedra, con sus colas largas con aletas en toda la espina, de fuertes colores verdes y dorado, en el interior sus budas también lucían dorados, agasajados con flores y dulces, enaltecidos con luces, y más luces de colores, alabados por frutales sahumerios, plegarias, oraciones al Buda Gautama, su deidad, también le oraban a guerreros plateados enardecidos como preparándose para una batalla, no allí pero si seguramente lo fue en otros tiempos, mientras observaba iban y venían en los templos aquellos monjes de vestimenta marrón y delicadamente rapados, que sigilosos se movían por los pasillos como protectores de un antiguo pacto, miraban callados distantes como el corazón del viajero que se aleja de su tierra para emprender algo que lleva adentro.

          Pero no me alejaba del todo como dije, seguía mi camino, estos extraordinarios monumentos y la cultura tan original, tan particular se encuentran en todo Vietnam.























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