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En el valle Calchaquí



Frente a la gran montaña del Rey, cerca de Amaycha del Valle, veníamos de caminos de tierra y humo con un sol agotándose poco a poco. Estaba atardeciendo sobre la antigua ruina de los Quilmes, casi intacta si no fuera por culpa de los vientos y algunos hombres que por beneficio propio y ajeno, la han ido modificando.


La piedra predominaba allí para hacer de las voces silencio sobre las escarpadas, roto a veces por un grito agudo, como se se tratara de las otras voces que años atrás cubrieron las ondulaciones, sucumbiendo enfurecidos, ensanchados o engrandecidos por la gloria en la que creían todavía en este valle de Tucumán.


– ¿Qué tal?, dijo mi compañero cuando salió a nuestro encuentro el señor de la garita.


– A cien metros está la playa de estacionamiento, el guía se va a encargar de informarles –rezongó el nativo.


– ¿Cuánto tarda la charla?, pregunté imprudentemente.


– De 10 a 15 minutos, después pueden recorrer libremente las ruinas.


Nos entregaron dos entradas, dos papeles cuadrados que tenían una impresión en negro que mencionaba el lugar.


- Grábalo todo –sugirió Aníbal mientras sostenía el aparato con pilas.


El guía murmuraba al viento, pero murmuraba como aquel que canta a lo lejos mientras nos acercábamos. Se olía la tierra y el aire con polvo. El clima no estaba pesado, no había mucho sol ni demasiado calor.


Dos turistas con grabadora en mano también se esforzaban en descifrarlo.


Unos 800 años D.C eran ya un pueblo de más de mil habitantes, desde siempre han sido una etnia imparable, tan es así que les llevó a separarse en grupos y vinieron por este valle formando pueblos, todos son diaguitas, su lengua es el kukán, con la que hablan de tú a tú con la Pachamama, piden lluvias cuando se cansan de su desierto, viento, truenos y rayos cuando sus oídos no soportan el silencio. Se les puede tomar como dioses secundarios.


En este punto de la narración miré a Aníbal y me di cuenta que como yo había perdido la prisa por iniciar el recorrido de serpenteantes caminos tatuados sobre la agreste montaña


La influencia inca se nota en las construcciones, no hubo sometimiento, no hubo guerra, les enseñaron a construir sistemas de riego, canales complejos.


Cuando el relato había perdido todo su misticismo, una turista con sombrero de paja y lentes oscuros preguntó en un español agringado: ¿Qué quedo del lenguaje?


El kakán de alguna forma se habla pero como el quechua era más fácil de entender, comenzó a desplazarlo. Hay lenguas que se adhieren a las piedras y vuelven a sus pueblos un continente lento o pesado. Sólo los pocos kakanés que quedan vuelan entre estas nubes.


Nadie pareció reparar en esta última frase, tal vez porque no se le había entendido gran cosa desde el principio o porque todos estaban ya impacientes por emprender el recorrido.


El cuerpo del guía aparecía y desaparecía en los abismos, como si se pegara a las quebradas. Sus talones aceleraban en las subidas y desaceleraban las pendientes.Comenzó la subida hacia los laberintos formados por pircas con un sin fin de entradas hacia lo profundo de la montaña. Se hacía imposible seguirlos, pronto les perdíamos el paso, los pies ancianos del guía parecían levitar entre las piedras calientes, había paredes sellados por oraciones y años, ubicados de tal forma que creaban zarpazos de bestias gigantes en la roca, como laberintos de subidas que se abrían a la vista, con giros hacia un lado y otro de pequeñas escaleras, cada vez más empinadas.


Por fin llegamos últimos a la cima del Rey. El guía estaba intacto, a diferencia de los agotados turistas. Todavía faltaba la bajada. Desde la cúspide, el pequeño reino parecía no ser nada.


– Miren ahí –señaló el viejo guía. Aquel es un santuario y no lo habita nadie. Traté de visualizar el campo señalado, pero sólo pude ver una mancha blanca en la tierra, como si fuera un pedazo de cerro encalado.


Cuando descendíamos, ya no me preocupaba mantenerme al paso del viejo guía. Seguía tratando de mirar en mi recuerdo, de dar forma a ese sagrado cascajo de cerro.



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