Ir al contenido principal

El frío de los Gigantes

CÓRDOBA. Argentina.– Nos tomó dos días la aventura en Los Gigantes, una región montañosa enclavada al oeste de la provincia argentina de Córdoba, que presenta algunas de las cimas más elevadas de las llamadas Sierras Grandes.

Salimos un sábado con la primera luz de la mañana hacia Tanti, Departamento de Punilla, en la misma provincia de Córdoba, claro, acompañados de mate, música y charlas. Hacía tiempo que no veía a Aníbal, mi incansable compañero de viajes, que ya estaba esperándome con sus mochilas y, bajo el brazo, el termo para el mate.

Paramos en una estación de servicios a preguntar por el camino, inflamos los neumáticos y no paramos hasta el destino. Recorrimos menos de veinte kilómetros bajo un cielo casi abierto, por un camino angosto, de caseríos de pueblos de campo, con perros y carros, puestos de quesos, pan casero y turistas con anteojos oscuros en autos nuevos.

Divisamos curiosos Los Gigantes, un cordón montañoso que se extiende por varias localidades y que es visto como uno de los últimos reductos de cóndores y tabaquillos. En aquellos macizos nacen ríos de agua dulce que integran una reserva hídrica llamada Pampa de Achala; las elevaciones se les veía altas y puntiagudas, rocosas, marrones y legendarias; mientras el aire soplaba frío por la ventanilla, fuimos acercándonos, pasando una iglesia, una parada de ómnibus y finalmente la glorieta que señalaba el comienzo del parque.



A la entrada sólo había un par de guardaparques, uno vestido de civil, otro con la vestimenta de cuidador afuera de una casa de madera. Frente a un pequeño estacionamiento de autos, bajo los árboles, ondeaba una bandera argentina.

Ajustamos las mochilas cargadas a nuestras espaldas y pagamos el importe de una excursión turística. Dejamos los datos y marchamos con un mapita y un número de auxilio que rápidamente metimos a los bolsillos. Todo pesaba, el clima también, las piernas, las mochilas, la subida.

El camino se hizo peor que el sendero de los turistas, hasta que poco a poco fuimos aireándonos, aclimatándonos, viendo lo positivo del viaje, el inspirador paisaje y esa oportunidad de una escalada así que no siempre se hace.Tratamos de llegar al “Pollito”, una roca en esa forma que nos guiaría hacia el sendero que debíamos tomar, pero nos confundimos y tomamos otro, el de la izquierda, mucho antes de donde teníamos que entrar, queríamos ir al Valle de los Lisos siguiendo las pircas.



A pesar de estar soleado, el clima no pasaba de los cinco grados centígrados, en la sombra te invadía lo húmedo y lo frío, te recordaba las secuelas de la nieve pasada. Teníamos camperas y gorros, yo usaba unas botas fuertes y Aníbal unas zapatillas gastadas, íbamos por subidas y bajadas todavía no tan agotadoras, pero había que parar a descansar y beber agua cada tanto. Nos pasamos toda la mañana y parte del día caminando.

Paramos a la tarde cerca de un río donde también había vacas pastando. Al lado de una gran roca ideal para guarecerse hicimos el campamento, armamos la carpa con palos secos que encontramos regados, justo a tiempo porque comenzó a bajar la temperatura y oscureció. Con una fogata cocinamos el matambre que traíamos, ayudados por un tosco y fiero vino tinto.

Nos despertamos a las nueve de la mañana, dormimos muy mal, cometimos el error de usar una mala base, pusimos la carpa en un lugar inclinado, a pesar de que el suelo estaba firme, no era plano, así que nos deslizábamos. Desayunamos rápido, alzamos los bolsos y seguimos, pero no fuimos rumbo como vinimos sino que nos adentramos entre los más erguidos rocosos, de subidas y bajadas más pronunciadas; los arbustos y espinas salían aún más.

Caminamos varias horas a un rumbo un poco lento, sin sendero y sin camino. Bien pronto comenzaron a girar sobre nuestras cabezas dos cóndores, quizá tenían hambre y veían nuestro diminutos cuerpos como desayuno para sus oscuros vientres, para nuestro consuelo pensamos que son carroñeros.

Continuamos caminando hasta que una figura como un punto pequeño que fue creciendo conforme nos íbamos acercando se aclaró dibujándose una mujer guardia, nos recriminó que no veníamos por el sendero correcto. A su parecer aquella caminata sin sentido había sido riesgosa. Al final sonrió, quizá deseando ella también en algún viaje no buscar lo turístico.














Texto y fotos fueron realizados a cuatro manos por Aníbal Santiago y Diego Raúl Barrionuevo. Texto editado por Carlos Coronel Solís desde web www.heytabasco.com

Comentarios

Entradas populares de este blog

Ho Chi Ming

La noche en la peatonal se volvía bellamente intransitable, había descendido de un aterrizaje en el aeropuerto Tan Son Nhat, fue un vuelo muy largo, me dirigía a un hotel en la zona céntrica de la ciudad, el edificio es angosto y alto en la peatonal Nguyen Thue, estaba en mi destino y casi al destino de la buena fe, había ido solo, no conocía nada, el recepcionista anciano con barba puntiaguda, se despreocupo por mi ignorancia, más adelante advertí que era de mala educación no quitarse los zapatos al entrar a una vivienda, afuera los vendedores se encimaban, el olor a fritura en el ambiente, los bares pegados uno al lado del otro, las calles alocadas con motocicletas a bocinasos, en ellas personas con barbijos, eran enjambres de cascos de colores que esquivabas al cruzar las calles. El calor y la humedad, te sofocaba el simple hecho de caminar entre puestos ambulantes en las veredas, entre esos edificios y barrios celosos de espacio, las sonrisas de los rostros de los vietn…

Asomándose a Pueblo Escondido

CÓRDOBA, Argentina. – Pareciera que los senderos, ásperamente reales, de inmediato te brindaran una bofetada para que te despiertes de un sueño profundo, carente de pensamientos auténticos. Pareciera que los caminos más largos, los menos fáciles, descartaran el confort de la ciudad cuadriculada, junto con la falsa realidad encuadrada por el entretenimiento de la tv.

Lo que queremos decir es que caminamos en la tierra, respiramos el viento, nos asombramos de la naturaleza, oímos nuestros propios latidos y tocamos las hierbas hasta llegar al límite.

Como cazadores de historias serranas, empezamos nuestro nuevo camino por senderos anaeróbicos y con mochilas muy cargadas, como si lleváramos en nuestros hombros una pesada culpa ajena que teníamos que expiar.

Desde el camino de ripio visualizamos la senda y recordamos las sugerencias de aquellos experimentados. La natural brújula nos orientaba para no pifiarle a las encrucijadas más fortuitas. Pero el dato certero eran otros aventurero…

Ansenuza

Era de madrugada, las fotografías revelaban un mundo sin igual, otra vez escapamos de lo turístico, despertaba dentro de una bolsa de dormir, respirando un viento suave salitroso, rodeado de la neblina que se hacía notar, abrasadora muy opaca en los márgenes de la laguna, en aquella madrugada, la viejas construcciones reflejaban su silueta, para nuestra sorpresa me pareció ver al niño de una sonrisa grande con la bicicleta que nos apareció por la tarde, nos seguía con su rodado, durante varios metros de caminar por la costanera que aún no había sido construida, ni mucho menos Miramar estaba preparada al turismo como lo es ahora, además de que ya no se observan estas ruinas edilicias que menciono en este relato, hoy todo yace bajo este “mar” con costaneras y hoteles, hasta se diseñó una playa.
Ahora está bajo el agua lo que fotografiamos sorprendidos, era manto un blanco de árboles secos por la sal y la arena negra, como un bosque sin hojas que brillaba sobre un desierto negro, la im…