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Asomándose a Pueblo Escondido




CÓRDOBA, Argentina. – Pareciera que los senderos, ásperamente reales, de inmediato te brindaran una bofetada para que te despiertes de un sueño profundo, carente de pensamientos auténticos. Pareciera que los caminos más largos, los menos fáciles, descartaran el confort de la ciudad cuadriculada, junto con la falsa realidad encuadrada por el entretenimiento de la tv.

Lo que queremos decir es que caminamos en la tierra, respiramos el viento, nos asombramos de la naturaleza, oímos nuestros propios latidos y tocamos las hierbas hasta llegar al límite.

Como cazadores de historias serranas, empezamos nuestro nuevo camino por senderos anaeróbicos y con mochilas muy cargadas, como si lleváramos en nuestros hombros una pesada culpa ajena que teníamos que expiar.

Desde el camino de ripio visualizamos la senda y recordamos las sugerencias de aquellos experimentados. La natural brújula nos orientaba para no pifiarle a las encrucijadas más fortuitas. Pero el dato certero eran otros aventureros, que como hormigas intermitentes, surcaban el camino, nos cruzamos con todo tipo, en moto cross, triciclos y cuatro por cuatro, los menos, emprendidos como nosotros, a pie, haciendo tracking.

Después de largas horas por el valle de Calamuchita, Córdoba, encontramos aquel lugar, lo vimos desde la cima. El pueblo ermitaño se escondía allá abajo, en lo profundo, junto al río y entre laderas, y sobre éste, se erguía el cerro Áspero, con un extenso tatuaje en su lomo, en zigzag, que ascendía formando un camino hasta las distintas entradas de las minas. El pueblo abajo llamado pleonásticamente “Escondido” imponía una personalidad áspera que espantaba, tal vez, para no revelarnos más tarde el número de vidas cobradas de los mineros.



Puente colgante para entrar al pueblo. Foto de Aníbal Santiago.


Bajamos, cruzamos el puente colgante y bebimos abundante agua para recuperar oxígeno. Caminamos por aquel pueblo fantasma, por sus minúsculas calles y contemplamos las voces en el aire de aquellos que se incrustaban en nuestras conciencias. Todas esas palabras acurrucadas, murmurantes, brotaban por doquier sin decirnos nada lógico, solo nos mostraban los callos de sus manos o sus pulmones oscuros.

Cruzamos otro puente de madera y dialogamos con una joven mujer de calzas de ciudad, semitrasparente. Nos ofreció acampar o pernoctar en las pequeñas habitaciones de los dueños y ausentes mineros. La oferta no nos convenció.

Al cabo de unos minutos de descanso y de entrecruzar palabras con un nativo, decidimos salir del pueblo para encontrarnos con algún lugareño y pasar la noche. El día, una vez más, nos desafiaba. Estábamos exhaustos y teníamos dos horas más de ascenso hacia el puesto de DonTono, antes de que la oscuridad se burlara de nosotros.



Las calles y casas están desérticas. Foto de Aníbal Santiago.


El ascenso fue muy duro. El ocaso y las sombras de las montañas nos estremecían y en varias ocasiones nos dejábamos tumbar por nuestras mochilas al costado del sendero como soldados que caen por el impacto seco de un fusil. Uno decía: “¡Basta, acampemos acá!”, lo decía con vos sin aire; otro: “¡No, sigamos, ya estamos llegando”, también sin aire. Esas frases se repetían como la mayoría de nuestras travesías, infinitas como los cerros, a medida que la fatiga nos consumía.

Al fin dos torres de pircas y el ladrido de los perros en el lejano horizonte, sin luz, señalaban la meta. Apresuramos los últimos alientos para llegar antes que la noche, pero ya era tarde, ella estaba ahí. Bajamos al rancho, como las cabras que bajan guiados por el silbido de Don Tono, el dueño del “puesto”. Él desde lo lejos nos veía, aunque nosotros no a él. Los ladridos se multiplicaban y nos iban cercando como si fuéramos un ganado.

“¡Entren por la puerta!”, nos gritó desde la oscuridad, esas palabras nos sonaron absurdas, solo veíamos corrales de grandes piedras por todos lados, como un laberinto apenas visibles por la luna. No sé cómo hicimos, pero por instinto nos dirigimos directo a la entrada, que desemboca en el patio del rancho.

Llegamos todos juntos. Enseguida saludamos extendiéndole la mano sobre una cerca que nos separaba, nosotros adentro y él aun afuera. Los perros también saludaban con el ligero movimiento de sus rabos.

Dialogamos y al cabo de un rato el hombre con desconfianza nos ofreció acampar entre los corrales a un precio moderado. Nos ubicó entre grandes pájaros curiosos y fieros, era una gran pavada. Aprovechamos y le pedimos leña para empezar a preparar el festejo. Sabemos concluir nuestras travesías con el tradicional asado y combinarlo con un reconfortante vino tinto, para estos rituales la fuerza vuelve y sobra. Preparamos el fuego mientras descorchamos, tiramos unas cebollas en las brasas, cortamos unos tomates y fileteamos una berenjena que luego doramos en la parrilla.

Cerca del fogón nos tiramos sobre unas rocas que hacían de respaldar y empezamos a asombrarnos de la majestuosa noche perdigada de estrellas y alumbrada por el único farol lunar. Comimos, dialogamos y bebimos, terminamos nuestra ceremonia degustando una sabrosa pipa.
Al rato, ya acostados, un ligero viento sacudía un extremo de la carpa que no aseguramos bien, pero no nos importó, como tampoco la deformación del suelo, solo importaba que el dolor de nuestras espaldas y de nuestras piernas perdiera la conexión con nuestro cerebro, pero no lo logramos.

El descanso fue pausado y concluyó con los escandalosos sonidos de las bestias de la granja que parecían inconformes por nuestra permanecía que las intimidaba. Nos levantamos temprano, preparamos unos mates y dijimos algunas palabras sobre la incomodidad de nuestro descanso.

El día era espléndido, limpio y prometía pronto, mucho calor. Entre cebadas y a la luz de la mañana vimos la totalidad del lugar y nos sorprendimos cuando reconocimos que el rancho estaba ubicado en la cima de un cerro, la geografía caía majestuosa sobre valles y pequeñas sierras esfumadas por un aire plomizo. Una nueva adrenalina comenzaba a inyectarse en nuestra sangre, lo suficiente para la nueva travesía…












Texto y fotos fueron realizados a cuatro manos por Aníbal Santiago y Diego Raúl Barrionuevo. Texto editado por Carlos Coronel Solís desde web www.heytabasco.com

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