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La tierra sin agua

La iglesia monacal se imponía ante nuestra vista con una rústica y húmeda fachada. En la plaza también de ladrillos mohosos y mucho césped, se dispersaban casitas coloridas que trasmitían un tiempo de otro tiempo. Estábamos en Ischilin, la tierra sin agua.

Fotografiamos con frío aquel paisaje más parecido a un pueblo fantasma, que escasamente convencía nuestra hambre aventurera por lo natural, real o nuevo. Caminamos buscando observar algo que nos interrogara, que despertara nuevamente la hazaña de lo original. Como forasteros insistimos siempre en apropiarnos de algo auténtico y espiritual.



En el horizonte las calles solitarias se fundían con el campo y la niebla. En muchas casas los techos son de lámina, pero se cubren con palma seca de guano para refrescar los interiores modestos. En algún tiempo estos territorios del noroeste de la provincia de Córdoba fueron importantes por ser paso natural obligado hacia las sierras centrales argentinas, y por su riqueza salina.

Algunas construcciones como “El come tierra”, una proveeduría que anuncia en su pared verde impecable “Despacho de Bevidas (sic)” y “otras necesidades”, tienen al frente un marco formado con viejos troncos que dan la impresión de una pequeña portería, pero en realidad se usan para atar las bestias en las que se transportan los pobladores.

Topamos en la inmensa soledad con Don Chicho y Ricardo, su hermano, que esperaban hambrientos una compañía. Apenas nos acercamos, nos ofrecieron el calor del fogón acompañado de mate. La pava metálica burlaba el frío de las montañas. Nos sorprendió verlos acompañar su desayuno con vino. “El mate nos da gastritis”, se excusaron pero yo inmediatamente comprendí que esa emulsión curaba una soledad de estos pastizales, que a mí me comenzaba a atormentar rodeado de tanto silencio.

Abandonados por el cansancio y lejos del aire de la ciudad, nos acostamos sin remilgos en las sucias pero cobijadas y amables catreras de la inmensa morada. El vino del almuerzo me susurró suave en el oído hasta que desfallecí por el ajetreo del viaje.



La comida de la tarde no fue diferente, los hombres se cebaban tragos de vino, también amargos y sin palabras. ¡Cuántas historias brotaron combinadas con la buena mesa y la picardía del truco! ¡Cuánta amabilidad salía y retaba con autoridad nuestros juicios elevados y pendencieros, de aires superiores de ciudad amarga y masificada!

¡Cuanto debemos a aquellos que nos esperan y nos reciben sin prejuicio, anunciando un sabor de la vida que el hombre desconoce y que sólo se aprende en estos campos, como en Ischilín, la tierra de poca agua!










Texto y fotos fueron realizados a cuatro manos por Aníbal Santiago y Diego Raúl Barrionuevo. Texto editado por Carlos Coronel Solís desde web www.heytabasco.com

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